Creado el 04 agosto 2011
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A diferencia de los brujos, interesados únicamente en acrecentar su poder, los chamanes son magos buenos. Aparecieron hace unos 25.000 años, y todavía quedan algunos en el Ártico y en Asia, sobre todo en Siberia.
Para ser chamán no basta con superar las pruebas de iniciación, sino que antes el candidato debe demostrar que es digno de aspirar al cargo y tener ciertas dotes de videncia. Suele preferirse la designación hereditaria, pues de ese modo todos saben que algún día deberá conducirse como un poseído. Sin embargo, existen diversas formas de demostrar que se pertenece al exiguo grupo de los elegidos, es decir, de los dotados de poderes mágicos que les convierten en los hombres más importantes y respetados de su tribu. Por ejemplo, puede recurrirse a un accidente, como caerse de un árbol, o ser alcanzado por un rayo; por medio de una llamada especial, al igual que le ocurre al sacerdote cristiano cuando decide entregarse a Dios; o por el sencillo recurso de tener osadía suficiente para pregonar que se es un chamán, y que para demostrarlo se seguirá una conducta extraña y masoquista.
Los chamanes lapones y siberianos solían golpear unos tambores adornados con imágenes policromas, con el fin de evocar visiones o averiguar cosas sobre el futuro. Las imágenes -pintadas con sangre de reno o savia de aliso- representaban las divinidades del viento, del sol y de la luna, así como espíritus de humanos y animales del más allá. Extrayéndolos de sus fundas de cuero, los chamanes colocaban pequeños anillos de latón sobre los tambores. A continuación, golpeándolos suavemente con sus mazas, observaban las imágenes del futuro entre los anillos en vibración
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